miércoles, 17 de agosto de 2011

Hermano


Se acercaba el tiempo de las chicharras en las ramas de los árboles, pequeñas grandes músicos y maestras del aire. Juan iba caminando a paso veloz como era su costumbre por el pedregoso terreno que lo conducía ciegamente a casa. Árboles, pájaros nocturnos, uno que otro murciélago, la primer estrella, y detenerse a ver el atardecer un rato, para todo eso era su tiempo mientras andaba por el campo. El cielo oscurecía.

Mientras contemplaba pensaba en el laborioso mañana que le esperaba. Era cierto que a Juan lo había hecho el trabajo. El trabajo fue la herencia de sus padres y abuelos. Juan Pérez se había hecho hombre trabajando, a su trabajo le debía todo cuanto tenia: el azadón, la pala, la cuma y el machete, los animalitos y, sin exagerar, hasta el Negro, su perro. Juan era un hombre del trabajo, de los que aguantaban el bochorno del sol, y el bochorno de los ricos. Pero a él parecía no importarle que los que tenían más se rieran de él, en fin, Juan sabía algo y era algo que aquellos que se burlaban jamás tendrían.

Negro lo esperaba al pie del portillo moviendo la cola y ladrando, se le acercaba y lo lamia con algo que, más que parecer, era afecto.

Para Juan la luna era más que un montón de materia en el espacio, sabía que los días apropiados para el tiempo de la cosecha debían hacerse según los signos de la luna. No había tenido riquezas, ni lujos ni anillos. Lo que la vida nunca le negó fue la sabiduría que viene de escuchar las raíces, el canto de las aves, el brillo de las estrellas, la temperatura del viento y los ojos de la gente. Sus padres le enseñaron las pocas letras que conocían y eso le vasto.

Para muchos el trabajo de la tierra era lo más bajo, pero para Juan trabajar la tierra era el más grande de los honores. La tierra, aunque maltratada y maltrecha por quienes la explotan y sangran, es la madre que alimenta, que nos ve nacer, y que nos verá morir; es ella quien ha guardado a nuestros muertos, nuestra historia, y las profundas raíces de los sueños y costumbres. Por eso, para Juan, la tierra era más que materia prima y que un simple objeto. Y su pueblo más que un patio trasero para los ricos. Y era por eso que, si bien su patrón lo obligaba a trabajar aun en días feriados, trabajaba con dedicación y cariño.

No pasaba a sí con los malinches de sus hermanos que creyendo prosperar, vendieron sus parcelas como piedras de la quebrada, y emigraron siguiendo el sueño americano para terminar su vida rezongando mientras trabajaban para gente que ellos no comprendían y quienes los veían y trataban como basura. Ellos sentían el llamado que hace la tierra, mas habían decidido no escucharlo, ni a los abuelos. No habían aguantado la vida con tintes tan bajos de las tierras latinoamericanas. Creyeron que olvidando su identidad seria tomados en cuenta y apreciados, pero no había sido así.

Incluso el Negro, que siempre daba un par de vueltas como saludando antes de echarse, respetaba más a la tierra y a los mismos hermanos nativos. Juan se identificaba con el Negro, sabía que habían nacido bajo el mismo día y con la misma luna.

Sin embargo Juan culpaba a sus hermanos, él mismo deseaba huir de aquel atroz desprecio que se respiraba para los agricultores como él. Pero, no lo hacía porque hacerlo era dejar lo que realmente le gustaba, salir de la tierra que lo vio nacer no mejoraría su situación, así como no lo había hecho con la de sus hermanos. De cualquier manera, lo ricos siempre se las arreglaban para que sus hermanos no progresaran.

Al llegar a su casa encontró una carta en la puerta.

“Querido hermano:

Tengo que contarte lo de José. No sé cómo decírtelo. El miércoles que salía de su trabajo fue atacado con un cuchillo por un blanco quien hirió a José tres veces en el costado. Cuando tardó en llegar a la casa llamé a su trabajo y me dijeron que ya había salido. Luego pregunté a sus amigos y me dijeron que la última vez que lo vieron fue en la parada del autobús. Así que me dirigí allí. Al llegar lo encontré desangrándose recostado sobre una pared. Nadie lo había visto. O nadie quiso verlo. Para cuando lo lleve al hospital era demasiado tarde. Sus amigos y yo le velamos hoy y lo enterraremos mañana en el Cementerio general.

Jorge.”